
El judío errante, el mito de la eterna culpabilidad
Autor: Martín Varsavsky
Soy judío. Y conozco de primera mano lo que significa desaparecer de un lugar. Pero antes de contarte cómo desaparece un pueblo, necesito contarte algo que siempre ocurre antes. Algo que la historia judía conoce con una precisión dolorosa: una sociedad no expulsa primero a una cultura. Primero la convierte en culpable.
Antes de 1492, los judíos éramos entre el 15 y el 20% de la población de las grandes ciudades españolas. Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada, Barcelona. Barrios densos, vivos, con sinagogas, escuelas, mercados, médicos, poetas, filósofos. España era el centro del mundo judío. Aquí vivió Maimónides. Aquí floreció durante siglos una de las civilizaciones intelectuales más extraordinarias de la historia.
El decreto de expulsión de 1492 no llegó de la nada. Lo que llegó primero fue el relato. Durante décadas se construyó cuidadosamente una narrativa: que los judíos éramos una influencia corruptora, que nuestra presencia explicaba los males de la sociedad, que nuestra contribución no era contribución sino amenaza. Primero vino el ataque a nuestra dignidad, a nuestro valor, a nuestra historia. Luego vino la expulsión. Siempre es así. Nunca al revés.
Hoy somos unos 40.000 judíos en un país de 50 millones. Menos de uno de cada mil españoles. Pasamos de ser uno de cada cinco habitantes en las grandes ciudades españolas a ser prácticamente invisibles. Y sin embargo, los barrios siguen ahí. Toledo tiene su Judería. Córdoba tiene su Judería. Sevilla, Girona, Segovia, Cáceres. Barrios enteros que llevan el nombre de quienes los construyeron y los habitaron durante siglos. Pero no hay judíos. Solo el nombre, como una lápida topográfica. La Judería existe. Los judíos, no.
Eso es lo que significa desaparecer de verdad. No que te maten a todos en un día. Que un mundo entero se borre tan completamente que lo único que queda es el recuerdo fosilizado en el nombre de una calle.
Cuento esto porque hoy, cuando hablo con españoles que no reconocen el barrio donde crecieron, no reconozco el decreto. No reconozco la expulsión. Reconozco la fase anterior. Reconozco el relato.
En el espacio intelectual y político español se está construyendo, con una precisión llamativa, un relato sobre la cultura española, la historia española, la identidad cristiana española, que tiene una arquitectura muy familiar para cualquier judío que conozca su propia historia. No llegó de golpe. Llegó como siempre llegan estos relatos, por acumulación, por repetición, por la colonización paciente de universidades, medios, ministerios y libros de texto. Su contenido es simple: la civilización española es esencialmente predadora. Su historia no es historia sino inventario de crímenes. La Iglesia Católica, que durante quince siglos fue el útero cultural de este país, de su arte, su filosofía, sus hospitales, sus universidades, su música, su arquitectura, es presentada hoy como sinónimo de ignorancia y represión.
El Cristianismo se identifica con el franquismo hasta hacerlos indistinguibles, de modo que defender la herencia de quince siglos de civilización queda automáticamente sospechoso. Y el español que siente orgullo legítimo de esa herencia es, en el mejor caso, un nostálgico que no ha entendido nada. En el peor, un cómplice.
Una vez establecido ese relato, la desaparición de esa cultura del espacio público no se presenta como pérdida. Se presenta como justicia.
Y luego está la palabra que lo resume todo. Genocidio. La misma izquierda que llama genocidio a la guerra de Israel en Gaza llama genocidio a la conquista española de América. Es la misma acusación, el mismo tono moral absoluto, la misma negativa a contextualizar históricamente, y en los dos casos el acusado es idéntico: la civilización judeocristiana occidental. España genocida. Israel genocida. El Cristianismo genocida. El judaísmo genocida. El patrón es demasiado consistente para ser casualidad.
Pero los números no mienten, y los números son los que destruyen este relato con una brutalidad que ningún argumento ideológico puede igualar.
En 1948, cuando se fundó el Estado de Israel, la población árabe del Mandato Británico era de aproximadamente 1,2 millones de personas. Hoy los palestinos y árabes de la región suman más de 7 millones: más de 2 millones como ciudadanos plenos de Israel, casi 2 millones en Gaza y más de 3 millones en Cisjordania. Pasar de 1,2 millones a 7 millones en setenta y cinco años no es genocidio. Es exactamente lo contrario de un genocidio. Es una de las explosiones demográficas más notables del siglo veinte.
Compáralo con lo que ocurrió con los judíos europeos, que sí sufrieron lo que la palabra significa. En 1933 había aproximadamente 9 millones de judíos en Europa. Hoy quedan menos de un millón, y la mayoría vive con miedo creciente, con guardaespaldas en las sinagogas y camuflando su identidad en las calles. La diferencia entre esos 9 millones y el millón que queda no se explica solo por el Holocausto, que mató a 6 millones. El resto desapareció por la misma razón por la que desaparecemos siempre: porque cuando una sociedad decide que tu presencia es el problema, la gente sensata hace las maletas. Se fue a América. Se fue a Israel. Se fue a cualquier lugar donde no tuviera que justificar su existencia cada mañana. Eso sí tiene el nombre correcto. Y la izquierda que tan cómodamente maneja esa palabra nunca la pronuncia mirando en esa dirección.
Lo que hace que este doble uso de la palabra genocidio no sea solo deshonestidad intelectual sino algo más oscuro es precisamente eso: la selectividad perfecta. Genocidio para Israel, que multiplicó por seis la población de sus supuestas víctimas. Genocidio para España, cuya civilización fundó en América universidades, hospitales y sistemas legales de protección indígena antes de que existiera el concepto moderno de derechos humanos. Pero nunca genocidio para los que sí exterminaron judíos. Nunca genocidio para los que hoy en varios países islámicos penalizan con la muerte la apostasía. La palabra tiene un filo que solo corta en una dirección.


