La masacre del 7 de octubre obligó a la sociedad israelí a enfrentarse a una amenaza existencial que había intentado evitar.
Editorial

(crédito de la foto: Chaim Goldberg/Flash90 )
El martes se cumplen dos años del 7 de octubre, pero el tiempo ha hecho poco para atenuar el horror o la absoluta incomprensión de lo que ocurrió ese terrible día.
Las preguntas que surgieron inmediatamente –cómo pudo Israel estar tan equivocado respecto de Gaza, cómo se mostró tan desprevenido, cómo fue tomado tan completamente por sorpresa– aún están en el aire.
Los éxitos militares que siguieron fueron verdaderamente notables: las capacidades de Hamás quedaron destrozadas; Hezbolá, decapitado; Irán , humillado.
Pero esas victorias no pueden borrar los fracasos que las hicieron necesarias. Más bien, los magnifican.
El 7 de octubre no fue solo un colapso operativo, sino conceptual. Destruyó la creencia de que Israel podía, mediante la defensa pasiva, contener a quienes habían jurado su destrucción, de que la tecnología podía reemplazar a la fuerza humana, de que la disuasión y la diplomacia podían sustituir a la vigilancia y la voluntad.
Durante casi dos décadas, Israel se convenció de que podía controlar a sus enemigos: mantener a Hamás acorralado con vallas y sensores, a Hezbolá disuadido por el temor a la devastación y a Irán contenido mediante operaciones en la sombra.
La tranquilidad se convirtió en el objetivo final. La economía prosperaba, la vida era buena y el país prefería no fijarse demasiado en lo que sucedía a pocos kilómetros de distancia. Esa tranquilidad resultó ser una ilusión, y el 7 de octubre la destrozó .
Lecciones aprendidas el 7 de octubre
La primera lección de ese día es que la disuasión pasiva por sí sola no es una estrategia.
Israel juzgó mal a Hamás al asumir que no haría ninguna locura por temor a provocar una respuesta israelí devastadora. Pero el cálculo de Hamás no coincidía con el de Israel. Su objetivo era la destrucción de Israel, y si eso significaba sacrificar Gaza para que Irán, Hezbolá y otros se unieran y desataran el fuego del infierno sobre el Estado judío para consumirlo, que así fuera.
No debe repetirse la misma interpretación errónea con nadie más en la región, en primer lugar con Irán, impulsado por un odio ideológico ardiente. Tomen la palabra de sus enemigos al pie de la letra y actúen proactivamente para impedir que lleven a cabo sus malévolos designios.
La segunda lección es que la defensa pasiva es insuficiente. Las vallas y las cámaras no pueden reemplazar a los soldados. La tecnología es un multiplicador de fuerza, no un sustituto de la fuerza.
El 7 de octubre, simplemente no había suficientes soldados en la frontera de Gaza para detener la embestida. Desde entonces, Israel ha vuelto a aprender lo que una vez supo: la seguridad no solo se basa en el ingenio, sino también en la presencia: presencia humana visible y sobre el terreno.
La tercera lección se refiere a la autosuficiencia. Entre las muchas sorpresas que sufrieron los israelíes tras el 7 de octubre, se encontraba la constatación de que el país dependía de países extranjeros, principalmente de Estados Unidos, para obtener armas básicas de guerra: balas, morteros y bombas. Desde entonces, el gobierno ha tomado medidas para ampliar la producción local de municiones y reducir la dependencia de otros países, un esfuerzo que debe continuar.
Están en marcha negociaciones para poner fin a la posible guerra
Ahora, mientras en El Cairo se inician las negociaciones para un acuerdo que podría poner fin a la guerra, se avecina otra prueba: ¿qué hará Israel con las lecciones duramente aprendidas de los últimos dos años?
La tentación será exhalar: creer que si los rehenes regresan, los reservistas regresan a sus familias y trabajos, y los cohetes hutíes cesan, la vida normal podrá reanudarse y la antigua ilusión de estabilidad podrá regresar. Ceder a esa complacencia invitaría al próximo desastre.
Israel no puede permitirse el lujo de recaer en los hábitos que precedieron al 7 de octubre: la ilusión y la creencia de que las amenazas se pueden controlar en lugar de derrotar. El fin de la guerra, cuando llegue, no debe significar un regreso a una falsa comodidad, sino una nueva vigilancia basada en la claridad: nuestros enemigos son implacables, la seguridad depende de la preparación, y la verdadera disuasión solo proviene de una fuerza inconfundible y la voluntad de usarla.
El 7 de octubre fue un trauma nacional, pero también un ajuste de cuentas. Destruyó las ilusiones y obligó al país a afrontar las verdades que había intentado evitar. Dos años después, mientras Israel se encuentra a las puertas de lo que podría ser el fin de los combates, la verdadera medida de la recuperación no serán las ciudades y los kibutzim reconstruidos y revitalizados en torno a la frontera de Gaza, sino si esas verdades perduran.
El peor resultado sería olvidar: permitir que la comodidad vuelva a embotar la conciencia y que el hábito reemplace la vigilancia. El homenaje más apropiado a las víctimas de aquel día no es solo el recuerdo, sino la determinación: no dejar nunca más que la seguridad dependa de suposiciones endebles, ni que la supervivencia dependa de ilusiones.


