La Casina del Fontán: asturianos, españoles y judíos

Ante la embestida contra un centro de culto con un cuarto de siglo de historia

Autor: José Antonio Álvarez Riesgo

Unas jornadas atrás, el señor concejal socialista del Ayuntamiento de Oviedo don Jorge García Monsalve formuló unas declaraciones en la prensa nacional sobre la Comunidad Judía del Principado de Asturias (Kehilá Beit Emunáh).

En síntesis, el edil socialista rechazaba unas manifestaciones personales de la presidenta de dicha comunidad acerca de la guerra y la hambruna de Gaza.

El señor concejal pretende resolver su desacuerdo con la revisión del acuerdo de cesión a la Comunidad judía de un espacio municipal destinado a una triple función: religiosa, histórica y cultural. Se trata, en suma, de la «Sinagoga del Fontán», conocida como La Casina. De las palabras desprendidas del munícipe se extrae que no es descartable la expulsión fáctica de la Comunidad Judía de su Sinagoga, como un 2 de agosto de 1492, en cumplimiento de la Pragmática de la Alhambra.

La guerra —cualquier guerra— conforma una tragedia que acompaña a las acciones humanas desde las cavernas. Es, en el sentir de algunos, la continuación de la política por otros medios (Clausewitz, 1832); aunque los seres humanos, conscientes del drama, hacemos votos para retornar a la situación originaria de la política. Pero sabemos que cerrar los ojos no nos trae la noche.

Las intenciones del concejal socialista parecen consistir en aplicar una disposición municipal que pasaría, como un tren de mercancías, por encima de la sustancia propia de la nación española: La Constitución Española de 1978. ¡Nada menos de la carta fundamental de los derechos de los españoles!

No se conoce en España —al menos el titular de estas letras no la conoce— una embestida de tal naturaleza contra un centro de culto (la Sinagoga Kehilá Beit Emunáh). Un planteamiento que no parece compartir fervorosamente el gobierno de la nación, a resultas de los acontecimientos de Jumilla (Murcia, agosto 2025), en defensa de la libertad religiosa.

Permítaseme, en este instante, recordar las circunstancias en las que «La Casina del Fontán» devino en Sinagoga.

Con la finalización de las obras de rehabilitación del entorno de la plaza del Fontán (1999), el Ayuntamiento de Oviedo, a través de su empresa Gesuosa S.A., cedió —mediante acuerdo— el número 11 de la plaza del Fontán a la Comunidad Judía de Asturias. Fue una propuesta de un particular que recordó a don Gabino de Lorenzo Ferrera, entonces alcalde de la ciudad, la conveniencia de una reparación a la comunidad judía de Asturias: un reconocimiento simbólico a «las expropiaciones sufridas por los judíos asturianos» durante siglos, hasta la pérdida total de sus pertenencias en 1492.

Se trataba, pues, de disponer de un lugar de encuentro y reconciliación tras el concilio de Coyanza (Oviedo, 1050): «… que ningún cristiano viva en la misma casa con judíos, ni coma con ellos…». También de la incorporación de la comunidad judía a la política propia del concejo, apremiada por las disposiciones del rey Sancho IV de Castilla (1286), que sometían las disputas y pleitos judíos a disposición general.

Un ejemplo de la conveniencia de la integración social en la ciudad.

Aunque quizá, en este punto, la acción prospectiva revisionista del señor García Monsalve halle de aplicación las Ordenanzas de Oviedo (1274), tendentes a constreñir la presencia judía al barrio de Socastiello.

Regresando a la cuestión nuclear, el señor concejal sumerge en la ciénaga del olvido los amparos constitucionales de los españoles: el derecho a la libertad política (art. 1), ideológica (art. 16) y de expresión (art. 20). Nuestra constitución insiste en la igualdad ante la ley (art. 14) y la libertad religiosa (art. 16).

Una normativa que extiende su manto protector sobre la presidenta de la Kehilá de Oviedo, ciudadana libre del Reino de España. Ítem, más, cuando no se ha producido declaración institucional alguna —desde ningún púlpito— contraria a los criterios asimétricos del concejal. La Casina carece de tal estructura física.

Revisar un documento de acuerdo, bajo cualquiera de sus fórmulas administrativas, tiene su mérito. Tras veintiséis años de vigencia no parece una proeza administrativa con su debida diligencia. También la prevención natural ante la tentativa a reintroducir «nuevas disposiciones» en materia de fe. Hay mucha literatura internacional sobre esta cuestión normativa de la década alemana de 1930.

Enfrentar, sin justificación alguna, una disposición normativa municipal a la Constitución Española es un encuentro bíblico y desigual ante la onda de David. Pues lo que se persigue ya es escarnio del refranero: «Lo que está a la vista no necesita anteojos». Mal asunto para una persona procedente del mundo del derecho.

Ante el silogismo del concejal, no se alcanza a imaginar el vituperio a un representante de la iglesia católica de Oviedo si se pronunciara sobre la dinámica política de las visitas del gobierno de Siria. O si denunciara la eliminación sistemática (criterio de genocidio) de las confesiones cristianas de Siria (ocho mil en 2025), los incontables de Irán, o la masacre reciente islamista a machetazos en el Congo, Nigeria o Mozambique. No parece que haya un altavoz necesario para estos desgraciados, mientras sus asesinos recorren entre agasajos los alfombrados palacios presidenciales de Europa.

Qué decir de una crítica sobre la Teología de la Liberación marxista en la América Hispana. Quizá alguno pediría la ruptura de relaciones con el Estado del Vaticano.

Así que, como en el poema de Martin Niemöller (1946), primero vinieron —el tripartito municipal de Oviedo, 2015/2019— a por la cultura judía en la ciudad (Red de Juderías de España-Caminos de Sefarad), anulando su presencia por la inacción y el ahogo económico; ahora sobre la Sinagoga del Fontán (7 de agosto 2025).

Si el argumento del señor García Monsalve tropieza con las libertades de expresión y de religión, entenderíamos su sensibilidad si centrara sus energías en ciertas iniciativas dispuestas por colectivos de diversa índole. Los mismos que, no creyendo en la democracia ni en nuestra Constitución, defensores de gobiernos totalitarios, son beneficiarios de espacios públicos municipales, sin menoscabo de un entendimiento inapropiado de la libertad de prensa y de los derechos civiles. Actuando también como un Sátrapa, aquellos gobernadores de las provincias de Persia, hoy la República Islámica de Irán. No parece el caso.

Quizá, sería de interés entender la ligadura entre países y personas, entre el origen y su procedencia.

Es el caso de España e Hispanoamérica: una atadura histórica y cultural de nuestra comunidad, a pesar de los «negrolegendarios», los odiadores de la causa de España o los críticos con el Imperio Español, tildado de imperialista y asesino de Jesucristo. Sentimos un orgullo identitario cuando un mexicano de cuarta generación entona el Asturias Patria Querida, cuando retorna a esta casa ancestral nuestra. También de los judíos sefardíes que regresan a Sefarad desde las Américas.

Curiosamente, una condición —la identidad— a la que se agarran en algunas tierras de España para significarse «diferentes»: una renuncia ridícula e ignorante de la españolidad propia.

Así que, es de suyo natural la existencia de una conexión ancestral de los judíos españoles con su tierra secular. En suma, «la judeicidad», la esencia judía de un pueblo que, por ello, no les hace menos españoles por raíces y sentimientos.

Tiene el judío un Gibush —un vínculo—, extraordinario que contribuye a definir su identidad secular. Una cosa origen del odio creciente en Occidente —el vínculo—que persigue la alienación de nuestra identidad, para dejar de ser lo que somos. En Asturias es la melancolía del atronar de la gaita en nuestros cielos. Para un judío, la entonación orgullosa de una Hatikvá florecida en los campos de exterminio nazi, en Bergen-Belsen, en Birkenau.

Nuestros judíos son asturianos y españoles. Su libre albedrío es consustancial con el derecho legítimo a suspirar por las tierras de sus ancestros: Eretz Israel. Ansían, en sus corazones, su latido. Por eso, a cada segundo, en el mundo, un judío exhala esa aspiración colectiva: «El año que viene en Jerusalén».

En estos días de zozobra, de encuentros internacionales que persiguen la paz, manejar la tenaza administrativa contra la propia Constitución Española, expurgando papeles, es un sindiós municipal.

Penetrar en el sendero del amedrentamiento no parece una decisión adecuada; es, en sí mismo, un atropello con ribetes antisemitas.

Quizá nuestro desafío debería centrarse en la vieja idea judía del Tikún Olam: reparar el mundo.

Una llamada a la acción.

Asociación Asturiana de Amigos de Israel
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