
El lenguaje utilizado contra el Estado judío reformula su guerra defensiva como una agresión, ignorando al mismo tiempo las fuerzas que perpetúan el sufrimiento
Autora: Fiamma Nirenstein
Imaginen una guerra de supervivencia y llámenla «genocidio».
Observen a una población del tercer mundo atrapada en un conflicto, subyugada por una camarilla de terroristas que la extorsiona mientras le roba la comida, y que describan las penurias resultantes como una hambruna orquestada por Israel.
Los civiles mueren en una guerra mientras los líderes terroristas se esconden en túneles, y la culpa recae directamente sobre el Estado judío.
Este es el terrible panorama al que se enfrenta Israel hoy en día, no solo en el campo de batalla, sino también ante la opinión pública mundial.
En gran parte de Europa, el razonamiento moral parece haberse invertido. La terminología antaño reservada para los crímenes más atroces de la historia se emplea ahora con ligereza, despojada de su significado y convertida en arma contra una democracia que se defiende de organizaciones abiertamente dedicadas a su destrucción. El resultado no es simplemente una interpretación errónea de los hechos, sino una distorsión sistemática que premia la propaganda y castiga la realidad.
Israel no eligió esta guerra. Es una guerra impuesta por organizaciones terroristas que se infiltran entre la población civil, instrumentalizan el sufrimiento humanitario y explotan los mismos principios morales que las democracias occidentales se esfuerzan por defender. Hamás y sus aliados llevan tiempo perfeccionando esta estrategia cínica: transformar el inevitable coste humano del conflicto en un instrumento de relaciones públicas destinado a deslegitimar el derecho de Israel a la autodefensa.
La reacción ante el soldado israelí que dañó una cruz en una aldea libanesa ilustra esta distorsión con especial claridad. La indignación internacional ignoró la realidad más amplia de la relación de Israel con las comunidades cristianas, que de hecho refleja la dinámica opuesta. El episodio se convirtió en un ejemplo más de cómo las imágenes aisladas se utilizan para reforzar narrativas preconcebidas, en lugar de esclarecer la verdad. Esta inversión de la realidad merece un análisis mucho más profundo del que ha recibido.
Sin embargo, gran parte del discurso europeo acepta ahora esta narrativa con alarmante facilidad. Se invocan términos como «genocidio» a pesar de la ausencia de pruebas y de la clara intención de Israel de desmantelar las infraestructuras terroristas minimizando las bajas civiles. Tales acusaciones ignoran tanto la definición legal del término como la realidad de que Israel facilita repetidamente la ayuda humanitaria, incluso cuando su propia población sigue bajo amenaza.
Las consecuencias de esta distorsión retórica son graves. Cuando el lenguaje pierde precisión, la justicia pierde claridad. Si cada guerra se convierte en un «genocidio», la palabra misma pierde su significado, y los genocidios reales corren el riesgo de ser trivializados. Igualmente preocupante es la tendencia a atribuir la culpa colectiva únicamente a Israel, lo que borra la responsabilidad de los líderes terroristas que operan deliberadamente entre la población civil y privan a su propio pueblo de seguridad.
Europa, que con razón se enorgullece de su compromiso con los derechos humanos y la memoria histórica, debería reconocer el peligro de tal confusión moral. Las lecciones del siglo XX exigen un uso cuidadoso del lenguaje y una atención rigurosa a la verdad. En cambio, observamos un entorno en el que se juzga a Israel con criterios que no se aplican a ninguna otra nación que se enfrente a amenazas comparables.
La paradoja es evidente: Israel no es condenado por violar las normas democráticas, sino por intentar defenderlas en condiciones que pocas democracias han enfrentado. Advierte a la población civil, abre corredores humanitarios y continúa operando bajo el escrutinio judicial y mediático, incluso mientras se defiende de enemigos que rechazan cualquier restricción legal o moral.
Nada de esto niega el sufrimiento que padecen los civiles en las zonas de conflicto. Su situación es real y trágica. Pero la compasión no debe ser utilizada como arma para la guerra política. Atribuir la hambruna o la crueldad deliberada a Israel sin reconocer el papel de las organizaciones terroristas no solo es inexacto, sino que, en última instancia, prolonga el sufrimiento de las mismas poblaciones cuyo bienestar se invoca.
Europa debe decidir si busca la verdad o simplemente la reafirmación de sus predisposiciones ideológicas. Un análisis honesto exige reconocer tanto la complejidad de la guerra como la responsabilidad de quienes la inician y perpetúan. Una democracia que lucha por sobrevivir merece ser examinada, pero también merece justicia.
Hasta que no se restablezca la claridad moral, persistirá el terrible panorama: un mundo en el que el lenguaje se invierte, la responsabilidad se oculta e Israel no es juzgado por los hechos, sino por una narrativa elaborada para negar su legitimidad.
Fuente: https://www.jns.org/opinion/column/europes-moral-inversion-on-israel


