
Una historia que sólo puede ocurrir en Israel.
Había una vez un pequeño puesto de falafel en el norte, regentado por un hombre llamado Jaim, quien tomó una decisión sencilla al comienzo de la guerra: todos los soldados uniformados comerían gratis.
Día tras día, semana tras semana, atendía detrás del mostrador, alimentando a los soldados que viajaban hacia o desde las zonas de combate. Miles de personas pasaban por allí.
Jaim siguió adelante, incluso bajo el fuego que caía continuamente por los ataques terroristas del grupo Hexbolá desde Siria.
Lo que comenzó como un acto de generosidad se convirtió poco a poco en una ruina financiera.
El negocio se endeudó y estuvo a punto de cerrar. Entonces sucedió esos milagros que solo ocurren en Israel.
Una unidad de reserva que había comido en el puesto antes de la invasión de la Franja de Gaza se enteró de lo sucedido.
Y un viernes por la mañana, decenas de soldados se presentaron, esta vez para ayudar. Vinieron con sus familias, amigos y civiles, y compraron todo lo que encontraron.
En cuestión de horas, el puesto se quedó sin existencias.
Pero lo mejor llegó después: cuando Jaim abrió su bote de propinas, encontró un sobre lleno de billetes de shekels con muchos ceros y una nota manuscrita: «Nos diste comida antes del despliegue cuando teníamos hambre. Ahora nos toca a nosotros apoyar tu negocio.»


